lunes, 2 de septiembre de 2013

In memoriam

Pedro llegó a "Sal-Luz" y llamó al timbre de la puerta. Eran las doce de la mañana. Su hija y su nieto estaban trabajando, y como era costumbre, fue Pablo el que salió de la consulta a abrir la puerta. Entró en el Centro despacito, apretando fuertemente su bastón contra el suelo y dando un paso lento, luego otro, y otro, hasta que llego a la primera silla que encontró. Se sentó y sonrió a su nieto, mientras este limpiaba sus manos con una toalla.

Era como un reloj que cuco que cantaba sin cesar cada hora, porque todos los días acudía a la misma hora a visitar a su nieto y a su hija. Le daba la vida, y ellos siempre agradecían la visita, y le obsequiaban con un  bombón de la bandeja, que cogía con ilusión porque era muy goloso. Ninguno pensaba que esa escena podía acabarse de repente, que ese reloj de cuco estaba dando sus últimos cantos, como si su pila estuviera agotándose.

Esa tarde, Pedro se puso malo. Sus ojos empezaban a ver visiones, y moscas por doquier, que inundaban la habitación. Todos estaban allí. Pablo acariciaba su mano, mientras Marta, su hija, consolaba a su madre. La decisión fue unánime, porque no podían estar las veinticuatro horas pendientes de él. Era imposible. Una decisión muy difícil para una familia que nunca se había visto forzada a ello, que siempre había estado muy unida. Hoy lo recuerdan con lágrimas en los ojos, y han decidido que nunca volverá a pasar, que nadie merece acabar en una residencia como si fuera un mueble roto, usado, que ya no sirve para nada.

Sí. Pedro acabó sus últimos días viviendo con extraños, con gente que no conocía de nada, y que, aunque recibiera durante horas la visita de sus seres queridos, los que le habían dado tantas y tantas alegrías, cuando llegaba la noche, se sentía solo, y lloraba sus últimas lágrimas en lo mas oscuro de una habitación que no era la suya.

Veinte días después, su corazón se paró, con noventa y un años, ahogándose entre la agonía de los tres últimos días, pero sin perder la sonrisa, cada vez que su gente, su vida, iban a verle. Su cuerpo se había rendido ante la evidencia de que ya no volvería a cantar más, como un viejo reloj de cuco que ha dejado de funcionar. Murió feliz, porque su último recuerdo había sido ver a toda su familia junta en esa habitación, mimándole, cuidándole, haciéndole ver que seguía siendo ese Pedro tan importante en sus vidas.

Ha pasado un año y medio, y Marta y Pablo aún siguen esperando, como todos los días, que el timbre de la puerta vuelva a sonar a las doce de la mañana. Ambos saben, que Pedro nunca se fue, porque su simple recuerdo le mantiene con vida en sus corazones, y sorprende más, que ninguna de las personas que allí entran, se acerquen a la mesa en la cual, su bandeja de bombones sigue esperándole.

P.D.- Por y para siempre, GRACIAS, por haberme acogido en tu vida cuando no era más que un extraño, y haberme dado el cariño y el amor de abuelo, de padre.

1 comentario:

  1. Tu abuelo te ve, alli donde este y se sentira orgulloso de ti. Siempre lo estuvo en vida, y se fue sabiendo que era feliz, que estuvimos con el hasta el ultimo segundo, y seguramente estara leyendo lo que has escrito. Yo estoy emocionadisima y mas porque ahora estas a 200 km, y se lo que estas pasando. Cierro el Centro si quieres que vaya. Tu estas por encima de todo. TE QUIERO CON TODO MI SER, desde el primer dia que te vi con once años.

    ResponderEliminar