sábado, 31 de agosto de 2013

Por siempre contigo


Eran las cuatro de la mañana, y estaba despierto. Lo sé porque acababa de mirar el reloj, del escritorio de mi ordenador. Si, estaba encendido porque algo raro intuía que estaba pasando. La bandeja de entrada de correo estaba vacía. Ningún mensaje tuyo. El móvil estaba apagado y me había aprendido de memoria la conversación de la señorita, a la que yo imaginaba rubia: "el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura". Llevaba dos días así.

Eran las cuatro de la mañana, y llovía en Manhattan. Las gotas de lluvia golpeaban en la ventana y parecían cantar melancolía. Miraba de reojo el escritorio, con la esperanza de que llegara algo, y a la vez miraba de reojo el móvil, imaginando que la pantalla se iluminaba con esa llamada en la que siempre aparecía tu cara. Allí, en Madrid eran las diez de la mañana, y suponía que te habías levantado a las ocho.

El móvil no sonaba, el correo seguía vacio, y yo seguía escuchando esa canción melancólica que golpeaba en la ventana de mi habitación, a la vez que contemplaba la ciudad de noche. Siempre había pensado como seria Nueva York de noche y como se vería desde el piso treinta y cinco del  hotel, pero esa noche no estaba siendo como creía. No sabía nada de ti.

La lluvia caía. Sonó el teléfono y me puse contento hasta que lo vi. No era tu foto la que aparecía en la pantalla. Ni siquiera conocía el número, pero el código indicaba que la llamada llegaba de unos 5800 kilómetros. Descolgué el teléfono y las gotas de lluvia dejaron de cantar melancolía para convertirse en réquiem. Un accidente, y un final.

Colgué el teléfono y me senté en el borde de la cama. Imaginé tu rostro, un rostro que no me había despertado esos dos últimos días, los dos únicos días separados en diez años. Las lágrimas asomaban por mis ojos, y lloré. No tenía que haber venido, repetí una y otra vez, igual que cuando monté en el avión.

Mire el anillo de oro que llevaba puesto. Lo saqué del dedo y leí lo que ponía: "por siempre contigo". Lo volví a colocar en su sitio. Abrí la ventana. Llovía en Manhattan, pero las gotas ya no golpeaban el cristal. De repente, el silencio, unos cuantos segundos y oscuridad.

Había cumplido mi promesa.

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