Había llegado el día
que llevaba esperando durante tres semanas y, aun así, se encontraba bastante
nervioso. La espera se le había hecho eterna desde que habló por primera vez
con él, desde que su corazón dio un vuelco y deseo desde lo más profundo de su
ser, que esa persona formara parte de su vida. Se había cruzado en su camino
cuando más lo necesitaba, y supo desde el primer momento que los dos buscaban
exactamente lo mismo, algo que siempre se había sentido orgulloso de entregar,
y que le encantaba recibir. Algo que para él era un regalo. AMISTAD.
Marc comprobó el calendario que tenía en su dormitorio, para
cerciorarse de que, efectivamente, ese era el día, y sí, era seis de
septiembre, un día importante en su corazón, un día fundamental, aunque, para
encontrarse con Kevin tuviera que recorrer los más de 200 kilómetros que los
separaban, unos kilómetros que aún se le harían eternos, y cuanto más se fuera
acercando, más nervioso se encontraría. Había escogido ese día, porque al día
siguiente tenía una cita, también vital, en la misma capital. Una cita que iba
a suponer un mazazo en su vida, pero que en ese momento no le importaba lo más
mínimo.
Se había levantado muy pronto, porque había quedado con
Kevin a las cinco en Sol, una plaza céntrica en la que solo había estado dos
veces de pasada, pero que todos los años le invitaba a celebrar un año más,
cada 31 de diciembre.
Miró su reloj. Eran las siete y media de la mañana y tenía
que estar allí antes de las once para hacer las visitas obligadas, antes de la
hora especial. Cogió su mochila, en la que llevaba su primer libro manuscrito y
lo que, hasta la fecha, llevaba del segundo, ya que, una de las cosas que había
impactado a Marc, de Kevin, era la pasión mutua que tenían por escribir, por
plasmar ilusiones y tristezas, sueños y esperanzas, en unos trozos de papel, y
a la vez, por devorar con los ojos todos los libros que caían en sus manos.
Marc se lo había prometido, porque la publicación estaba cerca y sentía en el
corazón que, ese manuscrito debía pasar a sus manos como un acto de
agradecimiento por haber aparecido en su vida. Sabía que era un gran regalo, el
mejor que se le podía hacer a Kevin.
Marc se colocó la gorra
en la cabeza, sus gafas de sol, agarró su mochila y salió de casa esbozando una
gran sonrisa.
El
camino se le hizo corto, no como otras veces en las que había viajado al mismo
sitio, porque, simplemente, las horas se le estaban haciendo eternas.
Hizo sus visitas de rigor en la capital, comió
cerca del centro, y a las cuatro y media se encaminó tranquilamente hacía la
plaza. Nunca le había gustado la impuntualidad, y le gustaba llegar siempre
antes, sobre todo en un momento tan especial. Su corazón palpitaba cada vez más
y mas, mientras se iba acercando, y recordó que hacía mucho tiempo que no se
sentía así. Por fin llegó, y pudo vislumbrar a Kevin, que estaba esperando, y
eso que aún no eran las cinco. Seguramente, Kevin estaba igual de nervioso.
Marc
se acercó y Kevin lo vio, justo en el mismo momento en que Marc esbozaba una
sonrisa y una lágrima empezaba a aparecer en sus ojos. Kevin le sonrió, se
miraron y descubrieron, en ese momento, que la espera había merecido la pena,
que era un regalo que sus caminos se hubieran cruzado. Los dos lo leyeron en
sus ojos, y sin ningún tipo de impedimento, ni pudor, se fundieron en un fuerte
y solido abrazo, que duro un buen rato. Empezaron a andar por Sol, mientras
Marc sacaba de su mochila aquello que había prometido, el manuscrito de su
libro en el que había estampado una dedicatoria que le había salido del
corazón: “ Kevin y Marc, AMISTAD por y
para siempre. Gracias de corazón”. Kevin cogió el manuscrito con las manos
temblorosas, porque sabía lo que significaba para Marc, leyó la dedicatoria y
asintió con la cabeza, a la vez que volvía a esbozar una gran sonrisa, mientras
sus gafas se empañaban por las lágrimas.
La
tarde fue perfecta. Pasearon, charlaron, sonrieron, y cumplieron con la tarde
feliz que ambos se había prometido, una tarde exclusiva, la cual, como casi
todo, llegó a su fin, y los dos se fundieron en otro gran abrazo del que
tardaron, más que el primero, en separarse. Ambos sabían que habían descubierto
el verdadero sentido de lo que significaba amistad.
***********************
De pronto, alguien entró en la habitación y despertó a Marc,
que ni siquiera reconoció a la persona que le estaba hablando. Intentó moverse,
pero no pudo. Pronto se dio cuenta de que su cuerpo no respondía, y de que esa
habitación no era la de su casa. Estaba en un hospital, entubado y con
respiración asistida, enchufado a una maquina, y lo peor es que no se acordaba
de nada, o de casi nada. La persona que le hablaba, era su madre, de la que ni
siquiera se acordaba ya, porque su cerebro se había cansado de funcionar. Había
dejado de serle útil.
Las noticias
posteriores a su tarde perfecta, habían sido malas. Su enfermedad degenerativa
cerebral estaba en fase avanzada, y los médicos le habían augurado escasos
meses. Su todavía débil hilo de existencia le había aferrado al único momento
bueno que había pasado en su última etapa, como si su cerebro le pidiera perdón
y le hubiera regalado un recuerdo que siempre se negó a olvidar. Marc lloro
profundamente.
Dos días después, su vida se apagó.
Pablo Sanz
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