viernes, 30 de agosto de 2013

El último recuerdo



Había llegado el día que llevaba esperando durante tres semanas y, aun así, se encontraba bastante nervioso. La espera se le había hecho eterna desde que habló por primera vez con él, desde que su corazón dio un vuelco y deseo desde lo más profundo de su ser, que esa persona formara parte de su vida. Se había cruzado en su camino cuando más lo necesitaba, y supo desde el primer momento que los dos buscaban exactamente lo mismo, algo que siempre se había sentido orgulloso de entregar, y que le encantaba recibir. Algo que para él era un regalo. AMISTAD.
         Marc comprobó el calendario que tenía en su dormitorio, para cerciorarse de que, efectivamente, ese era el día, y sí, era seis de septiembre, un día importante en su corazón, un día fundamental, aunque, para encontrarse con Kevin tuviera que recorrer los más de 200 kilómetros que los separaban, unos kilómetros que aún se le harían eternos, y cuanto más se fuera acercando, más nervioso se encontraría. Había escogido ese día, porque al día siguiente tenía una cita, también vital, en la misma capital. Una cita que iba a suponer un mazazo en su vida, pero que en ese momento no le importaba lo más mínimo.
         Se había levantado muy pronto, porque había quedado con Kevin a las cinco en Sol, una plaza céntrica en la que solo había estado dos veces de pasada, pero que todos los años le invitaba a celebrar un año más, cada 31 de diciembre.
         Miró su reloj. Eran las siete y media de la mañana y tenía que estar allí antes de las once para hacer las visitas obligadas, antes de la hora especial. Cogió su mochila, en la que llevaba su primer libro manuscrito y lo que, hasta la fecha, llevaba del segundo, ya que, una de las cosas que había impactado a Marc, de Kevin, era la pasión mutua que tenían por escribir, por plasmar ilusiones y tristezas, sueños y esperanzas, en unos trozos de papel, y a la vez, por devorar con los ojos todos los libros que caían en sus manos. Marc se lo había prometido, porque la publicación estaba cerca y sentía en el corazón que, ese manuscrito debía pasar a sus manos como un acto de agradecimiento por haber aparecido en su vida. Sabía que era un gran regalo, el mejor que se le podía hacer a Kevin.
Marc se colocó la gorra en la cabeza, sus gafas de sol, agarró su mochila y salió de casa esbozando una gran sonrisa.
El camino se le hizo corto, no como otras veces en las que había viajado al mismo sitio, porque, simplemente, las horas se le estaban haciendo eternas.
 Hizo sus visitas de rigor en la capital, comió cerca del centro, y a las cuatro y media se encaminó tranquilamente hacía la plaza. Nunca le había gustado la impuntualidad, y le gustaba llegar siempre antes, sobre todo en un momento tan especial. Su corazón palpitaba cada vez más y mas, mientras se iba acercando, y recordó que hacía mucho tiempo que no se sentía así. Por fin llegó, y pudo vislumbrar a Kevin, que estaba esperando, y eso que aún no eran las cinco. Seguramente, Kevin estaba igual de nervioso.
Marc se acercó y Kevin lo vio, justo en el mismo momento en que Marc esbozaba una sonrisa y una lágrima empezaba a aparecer en sus ojos. Kevin le sonrió, se miraron y descubrieron, en ese momento, que la espera había merecido la pena, que era un regalo que sus caminos se hubieran cruzado. Los dos lo leyeron en sus ojos, y sin ningún tipo de impedimento, ni pudor, se fundieron en un fuerte y solido abrazo, que duro un buen rato. Empezaron a andar por Sol, mientras Marc sacaba de su mochila aquello que había prometido, el manuscrito de su libro en el que había estampado una dedicatoria que le había salido del corazón: “ Kevin y Marc, AMISTAD por y para siempre. Gracias de corazón”. Kevin cogió el manuscrito con las manos temblorosas, porque sabía lo que significaba para Marc, leyó la dedicatoria y asintió con la cabeza, a la vez que volvía a esbozar una gran sonrisa, mientras sus gafas se empañaban por las lágrimas.
La tarde fue perfecta. Pasearon, charlaron, sonrieron, y cumplieron con la tarde feliz que ambos se había prometido, una tarde exclusiva, la cual, como casi todo, llegó a su fin, y los dos se fundieron en otro gran abrazo del que tardaron, más que el primero, en separarse. Ambos sabían que habían descubierto el verdadero sentido de lo que significaba amistad.
***********************
         De pronto, alguien entró en la habitación y despertó a Marc, que ni siquiera reconoció a la persona que le estaba hablando. Intentó moverse, pero no pudo. Pronto se dio cuenta de que su cuerpo no respondía, y de que esa habitación no era la de su casa. Estaba en un hospital, entubado y con respiración asistida, enchufado a una maquina, y lo peor es que no se acordaba de nada, o de casi nada. La persona que le hablaba, era su madre, de la que ni siquiera se acordaba ya, porque su cerebro se había cansado de funcionar. Había dejado de serle útil.
Las noticias posteriores a su tarde perfecta, habían sido malas. Su enfermedad degenerativa cerebral estaba en fase avanzada, y los médicos le habían augurado escasos meses. Su todavía débil hilo de existencia le había aferrado al único momento bueno que había pasado en su última etapa, como si su cerebro le pidiera perdón y le hubiera regalado un recuerdo que siempre se negó a olvidar. Marc lloro profundamente.
         Dos días después, su vida se apagó.



         Pablo Sanz

No hay comentarios:

Publicar un comentario