sábado, 31 de agosto de 2013

Hipocresia no. Gracias

Enciendo el móvil y veo tus mensajes. Han pasado casi tres años. Me pregunto ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?... ¿Por qué hoy?, ¿Acaso es que te has acordado que un día como hoy, hace ya 13 años, te entregué mi corazón?, ¿Acaso es que has recordado lo feliz que fuiste conmigo, porque yo si sabía el significado de la palabra AMOR?, ¿Acaso…..?... Son tantas cosas las que podría pensar, y no quiero.

No, no quiero, porque simplemente donde yo di AMOR, solo encontré dolor, donde yo di ilusiones, alegrías, pasión, solo encontré miedo. Sí, miedo. ¿O es que no recuerdas?. Mi corazón sí, mi cuerpo sí, mi alma sí. Todo mi ser recuerda lo que pasó. Mi corazón recuerda el día que cogí el teléfono que tú habías dejado en casa. Sí, ese día, que encima era nuestro decimo aniversario. Ese día en que el corazón se partió, cuando la voz de otro hombre sonaba al otro lado del teléfono y decía: “Cariño, ¿cuando vienes a casa?. Recuerda que mañana cumplimos cinco años juntos”. Yo aún no había articulado palabra, pero sabía que mis temores cada vez que salías eran ciertos, sabía que había alguien más, pero mi corazón ciego no quería verlo. No se puede amar a dos personas a la vez. No es ético tener dos relaciones paralelas, y tú lo hiciste. Ese día llegaste, y las maletas estaban en la puerta. Cuando la cerré para siempre, lloré, lloré amargamente y mucha gente sabe lo que paso luego, cuando intente irme a la oscuridad. Casi lo consigo, pero fueron cuatro días en coma y desperté. 

Mi cuerpo también recuerda esos diez años, aunque solo disfrutó de tu AMOR los tres primeros. Luego llegaron las palizas, las amenazas, los golpes, los moratones, los empujones por las escaleras y las violaciones sin sentido. Llego el miedo. Mi cuerpo, mi espalda, mi sexo…. todo mi ser, aún lo recuerda, pero ya no lo teme. He recuperado la libertad, y a decir verdad, la recuperé el día que cerré la puerta, aunque en ese momento no me diera ni cuenta. Hoy puedo lucir mi espalda, mis piernas, mi cuerpo sin miedo a que me pregunten, sin miedo a tener que mentir… Hoy puedo tener relaciones sin miedo a sufrir vejaciones, sin miedo a sufrir forzamiento, sin miedo a dar, a entregarme, sin miedo al dolor que suponían tus violaciones. 

Mi alma ha recuperado su ser, se ha dado cuenta que aún queda gente maravillosa en el mundo, se ha despertado de nuevo del letargo en el que me tuviste sumido. Y hoy, ¿has decidido que vuelvan los fantasmas de ese pasado?, ¿has decidido que el miedo vuelva a apoderarse de todo mi ser?... No vas a conseguirlo, y voy a serte sincero, porque se, que leerás estas palabras: no tienes permiso en mi mundo ni en mi vida. No existes para mí. No eres nada. No voy a ser hipócrita y decir que no ha pasado nada. No voy a ser hipócrita y contestarte con un mensaje de cariño y deseándote suerte en tu vida. No, porque no lo deseo. No, porque no quiero que seas feliz. No, porque no te mereces que alguien te quiera y que tu vida sea dichosa. No, porque no existes. Ahora se, que fuiste un mal sueño del que desperté hace casi tres años, un día que siempre quedará en mi corazón, en mi alma, en mi ser, y no precisamente porque fuera nuestro decimo aniversario, sino porque aquel día, aunque no lo supiera, recupere la vida, recupere la libertad, y con ella los sueños y las ilusiones que nunca debieron desaparecer.

P.D.- Dedicado a Roberto, y a todos aquellos, que como él, deberían sentir vergüenza de no sentir, de ser, simplemente, fachada.

Por siempre contigo


Eran las cuatro de la mañana, y estaba despierto. Lo sé porque acababa de mirar el reloj, del escritorio de mi ordenador. Si, estaba encendido porque algo raro intuía que estaba pasando. La bandeja de entrada de correo estaba vacía. Ningún mensaje tuyo. El móvil estaba apagado y me había aprendido de memoria la conversación de la señorita, a la que yo imaginaba rubia: "el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura". Llevaba dos días así.

Eran las cuatro de la mañana, y llovía en Manhattan. Las gotas de lluvia golpeaban en la ventana y parecían cantar melancolía. Miraba de reojo el escritorio, con la esperanza de que llegara algo, y a la vez miraba de reojo el móvil, imaginando que la pantalla se iluminaba con esa llamada en la que siempre aparecía tu cara. Allí, en Madrid eran las diez de la mañana, y suponía que te habías levantado a las ocho.

El móvil no sonaba, el correo seguía vacio, y yo seguía escuchando esa canción melancólica que golpeaba en la ventana de mi habitación, a la vez que contemplaba la ciudad de noche. Siempre había pensado como seria Nueva York de noche y como se vería desde el piso treinta y cinco del  hotel, pero esa noche no estaba siendo como creía. No sabía nada de ti.

La lluvia caía. Sonó el teléfono y me puse contento hasta que lo vi. No era tu foto la que aparecía en la pantalla. Ni siquiera conocía el número, pero el código indicaba que la llamada llegaba de unos 5800 kilómetros. Descolgué el teléfono y las gotas de lluvia dejaron de cantar melancolía para convertirse en réquiem. Un accidente, y un final.

Colgué el teléfono y me senté en el borde de la cama. Imaginé tu rostro, un rostro que no me había despertado esos dos últimos días, los dos únicos días separados en diez años. Las lágrimas asomaban por mis ojos, y lloré. No tenía que haber venido, repetí una y otra vez, igual que cuando monté en el avión.

Mire el anillo de oro que llevaba puesto. Lo saqué del dedo y leí lo que ponía: "por siempre contigo". Lo volví a colocar en su sitio. Abrí la ventana. Llovía en Manhattan, pero las gotas ya no golpeaban el cristal. De repente, el silencio, unos cuantos segundos y oscuridad.

Había cumplido mi promesa.

viernes, 30 de agosto de 2013

El último recuerdo



Había llegado el día que llevaba esperando durante tres semanas y, aun así, se encontraba bastante nervioso. La espera se le había hecho eterna desde que habló por primera vez con él, desde que su corazón dio un vuelco y deseo desde lo más profundo de su ser, que esa persona formara parte de su vida. Se había cruzado en su camino cuando más lo necesitaba, y supo desde el primer momento que los dos buscaban exactamente lo mismo, algo que siempre se había sentido orgulloso de entregar, y que le encantaba recibir. Algo que para él era un regalo. AMISTAD.
         Marc comprobó el calendario que tenía en su dormitorio, para cerciorarse de que, efectivamente, ese era el día, y sí, era seis de septiembre, un día importante en su corazón, un día fundamental, aunque, para encontrarse con Kevin tuviera que recorrer los más de 200 kilómetros que los separaban, unos kilómetros que aún se le harían eternos, y cuanto más se fuera acercando, más nervioso se encontraría. Había escogido ese día, porque al día siguiente tenía una cita, también vital, en la misma capital. Una cita que iba a suponer un mazazo en su vida, pero que en ese momento no le importaba lo más mínimo.
         Se había levantado muy pronto, porque había quedado con Kevin a las cinco en Sol, una plaza céntrica en la que solo había estado dos veces de pasada, pero que todos los años le invitaba a celebrar un año más, cada 31 de diciembre.
         Miró su reloj. Eran las siete y media de la mañana y tenía que estar allí antes de las once para hacer las visitas obligadas, antes de la hora especial. Cogió su mochila, en la que llevaba su primer libro manuscrito y lo que, hasta la fecha, llevaba del segundo, ya que, una de las cosas que había impactado a Marc, de Kevin, era la pasión mutua que tenían por escribir, por plasmar ilusiones y tristezas, sueños y esperanzas, en unos trozos de papel, y a la vez, por devorar con los ojos todos los libros que caían en sus manos. Marc se lo había prometido, porque la publicación estaba cerca y sentía en el corazón que, ese manuscrito debía pasar a sus manos como un acto de agradecimiento por haber aparecido en su vida. Sabía que era un gran regalo, el mejor que se le podía hacer a Kevin.
Marc se colocó la gorra en la cabeza, sus gafas de sol, agarró su mochila y salió de casa esbozando una gran sonrisa.
El camino se le hizo corto, no como otras veces en las que había viajado al mismo sitio, porque, simplemente, las horas se le estaban haciendo eternas.
 Hizo sus visitas de rigor en la capital, comió cerca del centro, y a las cuatro y media se encaminó tranquilamente hacía la plaza. Nunca le había gustado la impuntualidad, y le gustaba llegar siempre antes, sobre todo en un momento tan especial. Su corazón palpitaba cada vez más y mas, mientras se iba acercando, y recordó que hacía mucho tiempo que no se sentía así. Por fin llegó, y pudo vislumbrar a Kevin, que estaba esperando, y eso que aún no eran las cinco. Seguramente, Kevin estaba igual de nervioso.
Marc se acercó y Kevin lo vio, justo en el mismo momento en que Marc esbozaba una sonrisa y una lágrima empezaba a aparecer en sus ojos. Kevin le sonrió, se miraron y descubrieron, en ese momento, que la espera había merecido la pena, que era un regalo que sus caminos se hubieran cruzado. Los dos lo leyeron en sus ojos, y sin ningún tipo de impedimento, ni pudor, se fundieron en un fuerte y solido abrazo, que duro un buen rato. Empezaron a andar por Sol, mientras Marc sacaba de su mochila aquello que había prometido, el manuscrito de su libro en el que había estampado una dedicatoria que le había salido del corazón: “ Kevin y Marc, AMISTAD por y para siempre. Gracias de corazón”. Kevin cogió el manuscrito con las manos temblorosas, porque sabía lo que significaba para Marc, leyó la dedicatoria y asintió con la cabeza, a la vez que volvía a esbozar una gran sonrisa, mientras sus gafas se empañaban por las lágrimas.
La tarde fue perfecta. Pasearon, charlaron, sonrieron, y cumplieron con la tarde feliz que ambos se había prometido, una tarde exclusiva, la cual, como casi todo, llegó a su fin, y los dos se fundieron en otro gran abrazo del que tardaron, más que el primero, en separarse. Ambos sabían que habían descubierto el verdadero sentido de lo que significaba amistad.
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         De pronto, alguien entró en la habitación y despertó a Marc, que ni siquiera reconoció a la persona que le estaba hablando. Intentó moverse, pero no pudo. Pronto se dio cuenta de que su cuerpo no respondía, y de que esa habitación no era la de su casa. Estaba en un hospital, entubado y con respiración asistida, enchufado a una maquina, y lo peor es que no se acordaba de nada, o de casi nada. La persona que le hablaba, era su madre, de la que ni siquiera se acordaba ya, porque su cerebro se había cansado de funcionar. Había dejado de serle útil.
Las noticias posteriores a su tarde perfecta, habían sido malas. Su enfermedad degenerativa cerebral estaba en fase avanzada, y los médicos le habían augurado escasos meses. Su todavía débil hilo de existencia le había aferrado al único momento bueno que había pasado en su última etapa, como si su cerebro le pidiera perdón y le hubiera regalado un recuerdo que siempre se negó a olvidar. Marc lloro profundamente.
         Dos días después, su vida se apagó.



         Pablo Sanz
Poco a poco ire modificando poco a poco esto, porque como blogger soy un desastre, y aún tengo muchas cosas que aprender, y subir. Por lo pronto, en la siguiente entrada pongo el primer relato de este humilde blogger en su blog (lo que no quiere decir que sea el primero que escribo, eh!!!).

Espero que os guste. Gracias