El reloj marcaba las
doce de la noche, y Pablo se encontraba solo en su habitación, una habitación
vacía, una habitación triste, oscura, donde solo se veía una botella de JB y un
recipiente con pastillas. Su móvil estaba apagado, y al otro lado de la cama
había una foto, y un papel en el que ponía “Sueños rotos”. Abrió la botella, y empezó
a tomarse las pastillas, primero poco a poco y luego más deprisa, como si tuviera
prisa en cumplir su destino. Terminó con todo y espero a que el sueño le
llegara, ese sueño del que ya no despertaría.
**************************************
Eran las tres y media
de la mañana, y estaba despierto. La cama y su cuerpo estaban empapados en
sudor, y las cuencas de sus ojos llenas de lágrimas. Palpo el lado de la cama y
estaba vacío. Las gotas golpeaban incesantemente en la ventana, como si de un diluvio
se tratara. Había vuelto a soñar lo mismo, lo mismo que el último mes y medio.
Se puso a llorar, a
llorar amargamente, como venia pasando noche tras noche, casi siempre a la
misma hora, como si tuviera puesto un despertador que le hiciera despertarse a
la misma hora, día tras día, sin perdonarle siquiera los fines de semana.
Estaba solo, y su soledad
pesaba como una losa, y día tras día, esa losa se hacía más enorme y lo estaba
atrapando, como si de una tela de araña se tratase.
Pablo empezó a
recordar, a recordar lo bonita que había sido su vida unos meses atrás, cuando
la vida le dio una nueva oportunidad, una oportunidad que ahora le estaba
arrebatando. Recordó como conoció a Alberto, una semana después de que la
muerte viniera a visitarle, y decidiera no llevarlo con ella. Era un día
caluroso de verano, y su día sonrió cuando entró en una aplicación de su móvil,
donde chicos conocían a otros chicos, y ahí estaba él. Empezaron a hablar, y
poco a poco, ese perfil vacío comenzó a tomar sentido. Quizá el amor estaba
llamando a su puerta una vez más, sin saberlo. Recordaba la conversación con
Alberto, y como decidieron quedar unos días después. Desde ese momento, Pablo
estuvo nervioso, y suponía que Alberto también. El día llegó, y Pablo tuvo que
conducir unos cuantos kilómetros hasta llegar a su destino, llegando tarde, y
provocando el enfado de Alberto, un enfado que se pasó rápidamente. Los dos se
sintieron atraídos el uno por el otro y decidieron dar un paso hacia adelante.
Siguió recordando, entre lágrimas, los meses posteriores, unos meses con sus
altos y sus bajos, unos meses felices, que se tornaban tristes y vacios, cuando
Alberto tenía que marcharse a su pueblo. Por lo menos, para Pablo así era. Como
en todas las relaciones, había discusiones, pero el amor era más fuerte, y la
diferencia de edad, y que su familia no supiera nada, no era impedimento para
seguir amándose. Todo era demasiado bonito, la convivencia, las semanas, los reencuentros,
los paseos, despertarse por las mañanas con la persona que amaba a su lado, y
compartir juntos sus horas. Todo.
Esbozó una sonrisa en
la oscuridad de su habitación vacía, y de repente se puso a llorar de nuevo.
Había llegado a la parte mala, una parte que no quería recordar, un día que no
quería recordar, porque le sumía en la más profunda de las tristezas, y le
hacía pensar porque el destino era tan cruel y tan injusto con él. Hacía tres
meses que Alberto se había ido, y Pablo pensó que sería un fin de semana como
otros, y que pronto estarían juntos de nuevo. Pero no. Ya eran tres meses de
soledad, de tristeza, de sin sentido a su vida, de ilusiones que se rompían día
a día, y más, cuando Alberto había decidido poner tierra de por medio,
distancia, que aunque corta, no dejaba de ser distancia entre los dos, y había
quebrado los sueños de Pablo, y a la vez, los suyos propios. ¿Por qué?, se
preguntaba. ¿Quizá no era feliz? ¿Quizá las discusiones con su familia habían
pesado más que su felicidad? ¿Quizá lo que sentía era demasiado para él y no
estaba preparado para ello?. Pablo intentaba dar respuesta a todo, pero lo
único que veía cuando se levantaba cada mañana, es que estaba sólo, que él no
estaba a su lado, y que aquello que se prometían estaba dejando de existir.
Todas las semanas había algún motivo para no estar juntos, todas las semanas
ocurría algo, y Pablo solo era capaz de pensar que Alberto ya no le necesitaba
en su vida, y que no necesitaba nada de lo que tenía. Cada día se sentía un
poco más agotado, un poco más hundido, si acaso podía hundirse más, y
simplemente pensaba día tras día, que su vida había dejado de tener sentido,
que esos sueños que habían construido y esas ilusiones se habían perdido.
Todos los días
hablaba con él, e intentaba aparentar normalidad, y que dormía bien, y que
estaba bien, pero la realidad era muy distinta. La realidad era que sabía que
había perdido la batalla de su corazón, que sus días eran amargos, y sus noches
demoledoras.
Las lágrimas
empezaron otra vez a aflorar y correr por sus mejillas. Era consciente de que
había perdido la batalla y con ello, su propia existencia. Hasta sus sueños se
lo contaban noche tras noche, noches de pesadillas, o no…noches en que un mismo
sueño se repetía, y llevaba así más de un mes, como si de una premonición se
tratara, como si de la única realidad que su destino le tenía preparado, esa
pesadilla que le hacía despertarse noche tras noche. No deseaba que eso se
cumpliera, no quería un final así para su vida, porque ya lo había hecho otras
veces, pero en el fondo sabía que era lo que el destino le tenía preparado,
porque su vida había dejado de ser importante, porque sus ilusiones habían
desaparecido, porque estaba solo…solo y vacio.
Pablo se secó las
lágrimas, se recostó en su cama de nuevo, una cama que se le insinuaba
demasiado grande para él solo, una cama que, hasta hace poco tiempo, había
estado ocupada no solo por él, pero que ahora le resultaba vacía y triste, y
dejó que el sueño le venciera de nuevo, poco a poco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario